Del Estado Traidor: vituperio a la mentira política[1]
por Diego Guerrero Medina
El Estado es el ente con mayor poder de coerción y control que existe en una nación moderna, o al menos es supuesto que debe serlo, pueden existir instituciones bélicas basadas en el vandalismo; sin embargo, es el Estado quien posee el uso legítimo de la fuerza (Weber, 1919). Se justifica tal poder en manos del organismo, el fin del Estado es la protección de los individuos y del territorio sobre el que ejerce; dicha protección se practica contra naciones adversarias o los mismos individuos que le rodean, con el fin defender sus derechos.
A medida que la sociedad se ha hecho compleja, lo cual resulta inevitable con el avance del tiempo por la modernización y globalización, el Estado ha adoptado propósitos que van más allá de éste primer deber ser[2]. La intervención del Estado en la sociedad moderna se observa en la educación, cultura e incluso la economía. Justificable o no, apropiado o no, concierne poco en lo siguiente a tratar.
A continuación se explaya en el análisis racional y axiológico de la esfera pública, el Estado, y el uso de la “noble mentira” o el secreto en tal órgano. Sea el caso que, realmente, pudiese existir nobleza en el acto, es injustificable que coexista dentro del organismo que ha de estar abierto a todos los ciudadanos. La asociación “Estado-Público” no son meras palabras, el Estado pertenece a la esfera de lo colectivo.
En la democracia[3], el gobernado otorga al gobernante control del Estado por medio del sufragio con el motivo de representar los intereses de un mayor porcentaje de los ciudadanos capaces de ejercer el voto[4]. El gobernado concede sumisión a cambio de la defensa de sus derechos privados[5].
La dicotomía “derecho privado”[6] y “derecho público” sugiere dos esferas, las cuales no son incompatibles. A medida que una de las esferas posee un mayor poder es decir, se agranda; la restante es disminuida (Bobbio, [1985] 2006, pág. 13). En el derecho público está representado el interés colectivo y su supremacía sobre el derecho privado hace referencia a la prioridad de éste interés sobre los intereses individuales.
Si en la democracia el gobernador o las instituciones gobernadoras de turno son elegidos para representar los intereses de sus votantes, puede concluirse que los intereses que defenderá el Estado habrán de ser aquellos de las mayorías que defienden sus derechos. Como señala Bobbio ([1985] 2006: p. 32), con el debate público en el Estado se busca la resolución de los conflictos de intereses privados para hacerle acorde al interés colectivo.
Ahora bien, en el campo público (el del Estado) juegan un papel dantesco y notorio los secretos, la noble mentira y el engaño. Casos notables son escándalos presentes en la política norteamericana, como los casos de John F. Kennedy o el Área 51, los cuales se mantienen como Secreto de Estado[7].
Platón y Maquiavelo ilustraron el tema de la mentira y el secreto en respecto al poder político. El primero con bases más nobles[8] que el segundo.
“En cuanto al príncipe que se consulta con muchos y no tiene una grande prudencia en sí mismo, como no recibirá jamás pareceres que concuerden, no sabrá conciliarlos por sí mismo.” (Maquiavelo, [1513] 2001: p. 147)
Informa Maquiavelo al príncipe que ha de tomar las decisiones sin consultar más que a unos pocos consejeros, los cuales incluso deben estar limitados en sus opiniones. En éste sentido, el Estado ha de mantener el secreto para conseguir organizarse, en caso contrario el exceso de opiniones agobiarían al gobernante quien no lograría ordenar sus ideas y actuar.
Sin embargo, en las sociedades modernas, organizadas por un Estado institucional democrático, tales secretos son injustificables racionalmente. Es imposible justificarlo por medio de restricciones o el referéndum para que los gobernados corroboren la legitimidad del secreto. Se presenta una situación análoga a la tiranía de la mayoría[9].
La esfera pública, donde se realizan las deliberaciones y competencia del poder político, en ocasiones difiere del control del público sobre lo político (Bobbio, [1985] 2006: p. 33). Pero si el principio fundamental de la democracia es el control público del poder y la formación libre de la opinión pública, entonces sería ridículo para la sociedad retroceder a un principado con Secreto de Estado.
En la esfera privada, puede perfectamente existir lo secreto. Pero tal acto es inaudito en el Estado, contradice las mismas razones de su existencia: la defensa de los intereses públicos.
El Estado democrático no se fundamenta en la idea de que el pueblo es ignorante e incapaz de decidir por sí mismo su futuro, una afirmación similar justificaría la mentira política y, además, el autoritarismo contrario a la democracia. Ignaro sería el pueblo si aceptase un gobernante que predique tal principio. Si el pueblo es incapaz de elegir su futuro, ¿No sería incapaz de elegir su gobernante sabiamente? Quizás eso justificaría el que un gobernante con tales ideas esté en el poder, de ahí la popular expresión: “Cada pueblo tiene el gobierno que merece”.
El Estado liberal democrático ha de condenar tales argumentos, su principio esencial es que el mismo pueblo resulta tan responsable como su representación política y elige gobernantes a manera de establecer el nexo más directo posible con la participación política. Por tanto, el Estado ha de fomentar la opinión pública crítica, no ocultarse de ella.
Al final, el principio del Estado, en un concepto moderno, utópico y “de libro de texto”, no es ostentar y prolongar el poder, como Maquiavelo deseaba instruir al príncipe. Tales fines no son acordes a las ideas detrás de la concepción del Estado democrático, sino el de fomentar una sociedad civil cada vez más participativa y deliberante que pudiese elegir a través de largos procesos sociales mejores gobernantes y desarrollarse con mayor libertad. La mentira y el secreto traicionan tal fundamento y se alejan de las razones de la democracia representativa.
La mentira y el secreto no son acordes al sistema moderno. La población puede estar o no estar preparada para saber de ciertos procesos o medidas, pero es irrelevante de acuerdo con las bases que justifican y conforman al Estado moderno. Un Estado u organismo público que no es abierto al público y traiciona al mismo es simplemente un absurdo que ningún verdadero demócrata querría en su currículum u osaría defender.
Referencias Bibliográficas
Bobbio, Norberto ([1985] 2006) Estado, Gobierno y Sociedad: Por una teoría general de la política. México: Fondo de Cultura Económica.
Maquiavelo, Nicolás ([1513] 2001). El Príncipe. Caracas: EDUVEN, C.A.
Smith, John Stuart (1859) On liberty. Forgotten Books. Versión digital disponible en: http://books.google.co.ve/books?id=ScTePJKjiTMC&printsec=frontcover&source=gbs_v2_summary_r&cad=0 Consultado el 30 de julio de 2009
Weber, Max (1919). La política como vocación. Artículo en versión digital disponible en: http://derecho.itam.mx/facultad/materiales/proftc/herzog/Weber%20-%20Poltica%20como%20vocacin55.pdf Consultado el 12 de Mayo de 2009.