30 de noviembre de 2009

Roma como heredera cultural de Grecia: la Civilización Grecorromana

por Diego A. Guerrero Medina[1]

Carl Sagan asegura que es posible afirmar que “en mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca”[2], en este mismo sentido no es imposible afirmar la existencia de una cultura grecorromana. Sin embargo, el uso racional de este término es ampliamente debatible y constituye una generalización tan apoteósica como abarcar en el término democracia el sistema ateniense con la democracia liberal representativa del siglo XXI. Tanto la democracia ateniense presenta características diferentes a la democracia liberal moderna, como Grecia y Roma eran culturas con diferencias fundamentales.

Los valores culturales que forman la civilización Griega (humanismo, racionalismo e idealismo) difieren ampliamente de aquellos que predominan en los romanos (organización, utilitarismo y espectacularidad). En este mismo sentido difieren sus manifestaciones culturales. Incluso la religión, punto que generalmente parece común entre ambas civilizaciones, es abordada desde valores completamente diferentes que marcan una profunda diferencia entre ambas culturas.

Pese a que los mitos religiosos romanos son herederos y deudores de la mitología griega, las tradiciones religiosas difieren en la actitud del hombre hacia sus dioses. La religión romana se encontraba institucionalizada, y sus ritos ceremoniales correspondían a un sentido de escenificación el cual se encontraba organizado sociopolíticamente. En Roma la adoración correspondía a un deber dictado por las leyes, al menos en lo que respecta ciertos dioses, y esto constituye una relación entre la Religión y el Derecho. Esto no descarta que el Panteón romano fuese ampliamente abierto hacia otras creencias, permitiendo así su expansión cultural con más facilidad; pero la romanidad obligaba a la creencia y adoración de, al menos, el dios Júpiter.

Grecia difiere de forma espectacular. La religión no se encontraba institucionalizada y el adorar a los dioses era una decisión de cada hombre según sus creencias; aunque el castigo sí se producía contra la asebeia, el irrespeto. La actitud griega podría resumirse en una indiferencia hacia los dioses de cada hombre o sus mitos, siempre y cuando no se tradujese en un intento de imposición hacia los demás; es esta religión tan abierta la que permite el surgimiento de personajes con creencias órficas como Pitágoras o Parménides. En Roma esto hubiese sido digno de penalización.

La comparación religiosa para ilustrar las diferencias culturales griegas y romanas responde ante el común planteamiento de juzgar a ambas civilizaciones como hermanas religiosas; asimismo, culturales. De hecho, la facilidad romana de adoptar la religión griega quizás corresponda a sus valores utilitaristas. Aunque no puede descartarse alguna influencia griega, así como etrusca, previa a la fundación de Roma; debido a que la historia se sumerge en cierto manto de misterio ante el mito romano de su creación.



[1] "Roma como heredera cultural de Grecia: la Civilización Grecorromana". Ensayo para el curso de Civilización Clásica y Medieval. Estudios Liberales, Universidad Metropolitana. Profa. María Magdalena Ziegler.

[2] Sagan, C. (1997) El mundo y sus demonios. Barcelona: Planeta.

9 de noviembre de 2009

Ich bin ein Berliner

Discurso de John F. Kennedy en Berlín. 11 de Junio de 1963, Berlín Occidental.

Dos mil años hace que se hiciera alarde de que se era “Civis Romanus sum”. Hoy en el mundo de la libertad se hace alarde de que “Ich bin ein Berliner”.
Hay mucha gente en el mundo que realmente no comprende, o dice que no lo comprende, cuál es la gran diferencia entre el mundo libre y el mundo comunista. Decidles que vengan a Berlín. Hay algunos que dicen que el comunismo es el movimiento del futuro. Decidles que vengan a Berlín. Hay algunos que dicen en Europa y en otras partes “nosotros podemos trabajar con los comunistas”. Decidles que vengan a Berlín. Y hay algunos pocos que dicen que es verdad que el comunismo es un sistema diabólico pero que permite un progreso económico. Decidles que vengan a Berlín.
La libertad tiene muchas dificultades y la democracia no es perfecta. Pero nosotros no tenemos que poner un muro para mantener a nuestro pueblo, para prevenir que ellos nos dejen. Quiero decir en nombre de mis ciudadanos que viven a muchas millas de distancia en el otro lado del Atlántico, que a pesar de esta distancia de vosotros, ellos están orgullosos de lo que han hecho por vosotros, desde una distancia en la historia en los últimos 18 años. No conozco una ciudad, ningún pueblo que haya sido asediado por dieciocho años y que vive con la vitalidad y la fuerza y la esperanza y la determinación de la ciudad de Berlín Occidental.
Mientras el muro es la más obvia y viva demostración del fracaso del sistema comunista, todo el mundo puede ver que no tenemos ninguna satisfacción en ello, para nosotros, como ha dicho el Alcalde, es una ofensa no solo contra la historia, sino también una ofensa contra la humanidad, separando familias, dividiendo maridos y esposas y hermanos y hermanas y dividiendo a la gente que quiere vivir unida.
¿Cuál es la verdad de esta ciudad de Alemania? La paz real en Europa nunca puede estar asegurada mientras a un alemán de cada cuatro se le niega el elemental derecho de ser un hombre libre, y que pueda elegir un camino libre. En dieciocho años de paz y buena confianza esta generación de alemanes ha percibido el derecho a ser libre, incluyendo el derecho a la unión de sus familias, a la unión de su nación en paz y buena voluntad con todos los pueblos. Vosotros vivís en una defendida isla de libertad, pero vuestra vida es parte de lo más importante.
Permitirme preguntaros a vosotros como yo concluyo, elevando vuestros ojos por encima de los peligros de hoy y las esperanzas de mañana, más allá de la libertad meramente de esta ciudad de Berlín y todos los pueblos de Alemania avanzan hacia la libertad, más allá del muro al día de la paz con justicia, más allá de vosotros o nosotros de toda la humanidad. La libertad es indivisible y cuando un hombre es esclavizado ¿quién está libre? Cuando todos son libres, ellos pueden mirar a ese día, cuando esta ciudad está reunida y este país y este gran continente de Europa esté en paz y esperanza. Cuando ese día finalmente llegue y la gente del Berlín Occidental pueda tener una moderada satisfacción en el hecho de que ellos están en la línea del frente casi dos décadas. Todos los hombres libres, dondequiera que ellos vivan, son ciudadanos de Berlín. Y por lo tanto, como hombres libres, yo con orgullo digo estas palabras “Ich bin ein Berliner”.
Berlín, 11 de junio de 1963

2 de noviembre de 2009

El teatro griego y su relación con la religión

por Diego Guerrero Medina[1]

Las festividades dionisíacas dan origen histórico al teatro griego. Estas festividades son una manifestación religiosa pública donde se ofrece sacrificio de un macho cabrío, de cuya etimología surge el término tragedia[2]. El teatro es una manifestación heredera de los coros, cánticos y bailes que en un principio eran el centro de estas ceremonias. En este origen se aprecia cómo en la tragedia y en el teatro de la Grecia Antigua predominan ciertos valores religiosos que establecen y demarcan la constante relación con el elemento mítico, la cual constituye parte no sólo de la obra, sino del conjunto de manifestaciones alrededor del momento en el que ésta tiene lugar.

En este sentido, en las obras de Esquilo, según Jaeger, “el problema del drama […] no es el hombre. El hombre es el portador del destino. El destino es el problema”[3]. Así mismo, “el teatro trágico nos afirma que las esferas de la razón, el orden y la justicia son terriblemente limitadas y que ningún progreso científico o técnico extenderá sus dominios”[4]. Además, esto provee una muestra de la importancia del teatro dentro de la sociedad griega, donde no se asistía exclusivamente por cuestión de entretenimiento: la tragedia era la forma de la sociedad para admirar y discutir su relación con los dioses y el destino que estos forjaban para ellos.

En la figura trágica de Sófocles “su prominencia no procede sólo del campo de lo formal, sino que se enraiza en una dimensión de lo humano en la cual lo estético, lo ético y lo religioso se compenetran y se condicionan recíprocamente”[5]. Este punto resulta esencial desde la perspectiva en que el teatro era apreciado por los ciudadanos. El hombre griego asistía al teatro porque era una profunda manifestación cultural celebrada en comunidad, tan relevante el Estado intervenía en su preparación del teatro y otorgaba subsidios a los hipócritas. Werner Jaeger afirma que “los contemporáneos no consideraron nunca la naturaleza y la influencia de la tragedia desde un punto de vista exclusivamente artístico. Era hasta tal punto su soberana que la hacían responsable del espíritu de la comunidad”[6]. Incluso, es importante tener en cuenta estas reflexiones que explican el Estado profundamente interventor de Platón respecto a estas manifestaciones.

Así pues, la sociedad era profundamente crítica e intervenía sobre las obras, pues ellas eran de carácter fundamental para sus vidas al ser parte de los importantes festejos religiosos. La tragedia no apartaba de su trama al mito. El destino siempre presente se encargaba de recordar al hombre griego, como concluye Steiner, sus límites y su sometimiento ante lo sobrenatural. El griego formaba del teatro sus críticas y conclusiones, pues lo expresado en la obra era de fácil identificación, en ella se encontraban presentes los dilemas de sus preocupaciones fundamentales como la justicia, la ignorancia o el deseo de escapar al futuro inexorable.

[1] Ensayo realizado para el curso de Civilización Clásica y Medieval. Estudios Liberales, Universidad Metropolitana. Profa. María Magdalena Ziegler.

[2] La etimología de la tragedia proviene de la palabra griega trágos (τράγος) que significa “macho cabrío”.

[3] Jaeger, Werner ([1933] 2009) Paideia: los ideales de la cultura griega. México: FCE, p.237.

[4] Steiner, George ([1961] 2001) La muerte de la tragedia. Barcelona: Monte Ávila Editores Latinoamericana, p.13.

[5] Op. Cit., p.252.

[6] Op. Cit., p.231.

24 de septiembre de 2009

El valor de lo humano

por Diego Guerrero Medina

El trabajo humano tiene un valor económico. Más allá de susodicho valor económico, su valor puede variar y extenderse fuera de lo monetario; un valor añadido que puede reconfortar al hombre. Incluso los economistas clásicos como Alfred Marshall reconocen este valor adicional al trabajo, Milton Friedman lo demuestra cuando dice:

“Lo que el gran economista Alfred Marshall llamaba las ventajas y desventajas de un trabajo, monetarios y no-monetarios. La satisfacción en un trabajo puede compensar bajos salarios. Por otro lado, altos salarios pueden compensar por un trabajo desagradable.”[1]

El trabajo humano se ofrece en intercambio por ganancias económicas o no económicas. Este es el principio del sistema capitalista de producción y, para Karl Marx, el gran problema del sistema es la explotación del hombre a través del trabajo; explotación siempre presente sin importar el valor del salario[2].

No se pueden negar ciertas contradicciones del modo de producción capitalista. Por ejemplo, el hecho de que cada individuo se encuentra en el sistema en desigualdad que justifica cierta intervención estatal para garantizar la igualdad de oportunidades; estas desigualdades pueden ser de dos tipos: justas e injustas[3]. Quizás parezca presuntuoso clasificar de esta forma las desigualdades, basado en un juicio de valor; pero Sala i Martín parece acertar.

Las desigualdades justas y deseables son aquellas donde “unos ciudadanos deciden libremente trabajar más y otros, menos”[4]. Las desigualdades injustas hacen referencia a los “azares imprevisibles que no son consecuencia de ninguna decisión personal”[5], por ejemplo, el hijo de aquel que trabaja menos tiene menos oportunidades para formarse pues nació en condiciones económicas desfavorables, incluso podría necesitar trabajar desde su juventud para comer u otros azares imprevisibles que sólo agravarían la situación y mantendrían la desigualdad.

Sin embargo, la crítica que Marx ofrece resulta errada en un sentido muy sencillo: los fundamentos de lo que corresponde el valor. Para la teoría marxista el valor surge del trabajo. Un bien entonces habría de obtener su precio o valor debido al trabajo que se aplica en él; esto implica que, ya que el valor deriva del trabajo, sería sólo natural creer que el empresario está explotando al trabajador al comprar aquello que da valor a los productos por un salario que nunca será suficiente para compensar.

Para la economía moderna el valor de un producto surge del libre juego de la oferta y demanda. Esto se debe a que el hombre tiene la capacidad de valorar el objeto según sus gustos y subjetividades. Es decir, el valor no pertenece per se al objeto, sino el hombre decide este valor al comprarlo o no comprarlo. Un ejemplo práctico: quizás el lector no tenga sed así que no está dispuesto a pagar por agua; pero si las condiciones del entorno que rodean al lector no fuesen óptimas, si tuviese sed y pocas posibilidades de conseguir agua, el líquido tendría un valor gigantesco para él. Esta es la Teoría Subjetiva del Valor y se contrapone a la teoría marxista del valor y cumple con explicar más adecuadamente la realidad.

Al no ser el trabajo lo que produce el valor del bien la teoría económica marxista se derrumba, el trabajo se vuelve un bien y ¿Cómo puede ser el salario una explotación? Al menos, entendiéndose el salario en toda su amplitud, como Marx hacía. Es decir, tanto el salario acaudalado por un trabajo, como el bajo salario.

Existen personas que por muchas horas de trabajo reciben un salario menos que honorable, en contraparte otros individuos por pocas horas aumentan sus nada modestos ahorros. Cabe cuestionarse qué trabajo realiza cada hombre, qué exigencias tienen dichos trabajos y “las ventajas y desventajas de un trabajo, monetarios y no-monetarios” antes mencionadas.

Al indagar en el valor del trabajo humano aparece otro asunto de interés ¿Existe un valor para lo humano? El romanticismo clásico del hombre, con todo su egocentrismo y humanismo, piensa que la vida no tiene valor. Por supuesto que, después de la Ilustración, al volverse el hombre el verdadero centro del mundo y no el Sol o la Tierra, es natural que surgiesen susodichas ideas. También, es improbable llegar a la cifra exacta del valor del hombre o su precio relativo; incluso es en extremo presuntuoso, tocar el tema resulta en un tabú.

Pero ya los economistas nos advierten que los valores no se rigen únicamente por el precio monetario o de intercambio, existen satisfacciones que van mucho más allá y, además, son totalmente subjetivas. La economía es una ciencia que exalta lo subjetivo de la vida humana, su trabajo, sus productos, recursos, ideas, gustos y voluntad; la economía es una ciencia de subjetividades.

Se puede afirmar que la vida del hombre es invaluable. A fin de cuentas, es el mismo hombre quien decide ese valor y puede concluir si desea o no vivir; nuevamente aquí entran las subjetividades de cada individuo. Pero parece una máxima racional que cada hombre, o al menos la gran mayoría, desea preservar la vida –propia o quizás ajena– y, por tanto, esta tiene el mayor valor sobre todos los demás bienes. Incluso, los demás bienes no podrían tener valor si no hubiese una vida humana que les juzgase pues no se pueden disfrutar los bienes (dejarían de ser bienes) y no habría un hombre que los valore.

Estos dos principios juntos parecen afirmar algo muy sencillo: la vida del hombre es invaluable y el producto de esa vida –trabajo- es valorable. El ideal capitalista, o al menos un racionamiento que parta de él, parece valorar al hombre más allá de cualquier apología romántica o fetichista, lo hace racionalmente. Pero en la práctica esto es fallido y se debe a otra contradicción.

Contradicción que emerge cuando hombres cuyo producto puede no tener un valor que sea el suficiente para preservar la vida puesto que su trabajo no sea suficientemente valorado por la sociedad. Sin embargo, si la vida es máxima e invaluable, cómo puede permitir la sociedad que una vida se pierda porque la individualidad del hombre no se adapta a los cánones sociales. El capitalismo que desea resguardar el individualismo cae en un neto colectivismo del valor, y es que la Oferta y Demanda son per se una tiranía de la mayoría.



[1] Friedman, Milton y Rose Friedman (1980) Free to Choose. A Personal Statement. New York: Harcourt Brace Jovanovich, p. 20 (Traducción propia).

[2] Savater, Fernando (2008) La aventura del pensamiento. Buenos Aires: Debate, p. 225-227.

[3] Sala i Martin, Xavier (2005) Economía liberal para no economistas y no liberales. Barcelona: Debolsillo, p. 57.

[4] Ibídem.

[5] Ibíd.

30 de julio de 2009

Con simpatía...

Del Estado Traidor: vituperio a la mentira política

Del Estado Traidor: vituperio a la mentira política[1]
por Diego Guerrero Medina

El Estado es el ente con mayor poder de coerción y control que existe en una nación moderna, o al menos es supuesto que debe serlo, pueden existir instituciones bélicas basadas en el vandalismo; sin embargo, es el Estado quien posee el uso legítimo de la fuerza (Weber, 1919). Se justifica tal poder en manos del organismo, el fin del Estado es la protección de los individuos y del territorio sobre el que ejerce; dicha protección se practica contra naciones adversarias o los mismos individuos que le rodean, con el fin defender sus derechos.

A medida que la sociedad se ha hecho compleja, lo cual resulta inevitable con el avance del tiempo por la modernización y globalización, el Estado ha adoptado propósitos que van más allá de éste primer deber ser[2]. La intervención del Estado en la sociedad moderna se observa en la educación, cultura e incluso la economía. Justificable o no, apropiado o no, concierne poco en lo siguiente a tratar.

A continuación se explaya en el análisis racional y axiológico de la esfera pública, el Estado, y el uso de la “noble mentira” o el secreto en tal órgano. Sea el caso que, realmente, pudiese existir nobleza en el acto, es injustificable que coexista dentro del organismo que ha de estar abierto a todos los ciudadanos. La asociación “Estado-Público” no son meras palabras, el Estado pertenece a la esfera de lo colectivo.

En la democracia[3], el gobernado otorga al gobernante control del Estado por medio del sufragio con el motivo de representar los intereses de un mayor porcentaje de los ciudadanos capaces de ejercer el voto[4]. El gobernado concede sumisión a cambio de la defensa de sus derechos privados[5].

La dicotomía “derecho privado”[6] y “derecho público” sugiere dos esferas, las cuales no son incompatibles. A medida que una de las esferas posee un mayor poder es decir, se agranda; la restante es disminuida (Bobbio, [1985] 2006, pág. 13). En el derecho público está representado el interés colectivo y su supremacía sobre el derecho privado hace referencia a la prioridad de éste interés sobre los intereses individuales.

Si en la democracia el gobernador o las instituciones gobernadoras de turno son elegidos para representar los intereses de sus votantes, puede concluirse que los intereses que defenderá el Estado habrán de ser aquellos de las mayorías que defienden sus derechos. Como señala Bobbio ([1985] 2006: p. 32), con el debate público en el Estado se busca la resolución de los conflictos de intereses privados para hacerle acorde al interés colectivo.

Ahora bien, en el campo público (el del Estado) juegan un papel dantesco y notorio los secretos, la noble mentira y el engaño. Casos notables son escándalos presentes en la política norteamericana, como los casos de John F. Kennedy o el Área 51, los cuales se mantienen como Secreto de Estado[7].

Platón y Maquiavelo ilustraron el tema de la mentira y el secreto en respecto al poder político. El primero con bases más nobles[8] que el segundo.

“En cuanto al príncipe que se consulta con muchos y no tiene una grande prudencia en sí mismo, como no recibirá jamás pareceres que concuerden, no sabrá conciliarlos por sí mismo.” (Maquiavelo, [1513] 2001: p. 147)

Informa Maquiavelo al príncipe que ha de tomar las decisiones sin consultar más que a unos pocos consejeros, los cuales incluso deben estar limitados en sus opiniones. En éste sentido, el Estado ha de mantener el secreto para conseguir organizarse, en caso contrario el exceso de opiniones agobiarían al gobernante quien no lograría ordenar sus ideas y actuar.

Sin embargo, en las sociedades modernas, organizadas por un Estado institucional democrático, tales secretos son injustificables racionalmente. Es imposible justificarlo por medio de restricciones o el referéndum para que los gobernados corroboren la legitimidad del secreto. Se presenta una situación análoga a la tiranía de la mayoría[9].

La esfera pública, donde se realizan las deliberaciones y competencia del poder político, en ocasiones difiere del control del público sobre lo político (Bobbio, [1985] 2006: p. 33). Pero si el principio fundamental de la democracia es el control público del poder y la formación libre de la opinión pública, entonces sería ridículo para la sociedad retroceder a un principado con Secreto de Estado.

En la esfera privada, puede perfectamente existir lo secreto. Pero tal acto es inaudito en el Estado, contradice las mismas razones de su existencia: la defensa de los intereses públicos.

El Estado democrático no se fundamenta en la idea de que el pueblo es ignorante e incapaz de decidir por sí mismo su futuro, una afirmación similar justificaría la mentira política y, además, el autoritarismo contrario a la democracia. Ignaro sería el pueblo si aceptase un gobernante que predique tal principio. Si el pueblo es incapaz de elegir su futuro, ¿No sería incapaz de elegir su gobernante sabiamente? Quizás eso justificaría el que un gobernante con tales ideas esté en el poder, de ahí la popular expresión: “Cada pueblo tiene el gobierno que merece”.

El Estado liberal democrático ha de condenar tales argumentos, su principio esencial es que el mismo pueblo resulta tan responsable como su representación política y elige gobernantes a manera de establecer el nexo más directo posible con la participación política. Por tanto, el Estado ha de fomentar la opinión pública crítica, no ocultarse de ella.

Al final, el principio del Estado, en un concepto moderno, utópico y “de libro de texto”, no es ostentar y prolongar el poder, como Maquiavelo deseaba instruir al príncipe. Tales fines no son acordes a las ideas detrás de la concepción del Estado democrático, sino el de fomentar una sociedad civil cada vez más participativa y deliberante que pudiese elegir a través de largos procesos sociales mejores gobernantes y desarrollarse con mayor libertad. La mentira y el secreto traicionan tal fundamento y se alejan de las razones de la democracia representativa.

La mentira y el secreto no son acordes al sistema moderno. La población puede estar o no estar preparada para saber de ciertos procesos o medidas, pero es irrelevante de acuerdo con las bases que justifican y conforman al Estado moderno. Un Estado u organismo público que no es abierto al público y traiciona al mismo es simplemente un absurdo que ningún verdadero demócrata querría en su currículum u osaría defender.

Referencias Bibliográficas

Bobbio, Norberto ([1985] 2006) Estado, Gobierno y Sociedad: Por una teoría general de la política. México: Fondo de Cultura Económica.

Maquiavelo, Nicolás ([1513] 2001). El Príncipe. Caracas: EDUVEN, C.A.

Smith, John Stuart (1859) On liberty. Forgotten Books. Versión digital disponible en: http://books.google.co.ve/books?id=ScTePJKjiTMC&printsec=frontcover&source=gbs_v2_summary_r&cad=0 Consultado el 30 de julio de 2009

Weber, Max (1919). La política como vocación. Artículo en versión digital disponible en: http://derecho.itam.mx/facultad/materiales/proftc/herzog/Weber%20-%20Poltica%20como%20vocacin55.pdf Consultado el 12 de Mayo de 2009.



[1] Ensayo realizado el 13 de mayo de 2009 -modificado el 30 de julio de 2009- para el curso de Ética, Prof. Carlos Blank. Estudios Liberales. Universidad Metropolitana. Caracas, Venezuela.

[2] No existen testimonios históricos empíricos de un Estado minárquico o gendarme. Sin embargo, con la complejidad de la sociedad moderna también se disminuye la posibilidad de que exista uno. El Estado es un mal necesario que se inmiscuye en más de lo que, para algunos postulados teóricos, le corresponde. O, si se quiere, en menos de lo debido según otras teorías.

[3] Cabe resaltar, que se hará referencia únicamente a la democracia liberal representativa. Pues se considera a la misma el único tipo de democracia eficaz en la sociedad moderna. La democracia directa es un sistema útil sólo en sociedades pequeñas, pese a ser efectivo en otro tiempo, resultaría anacrónico actualmente. La democracia participativa es un engaño de gobiernos demagogos, existente en toda clase de dictaduras y gobiernos autoritarios, los cuales desestiman a la democracia representativa y proclaman la suya como la “verdadera democracia”, ejercida a través de un partido único, como es el caso de Fidel Castro (Cuba) o Iósif Stalin (URSS).

[4] Sin violentar los derechos de las minorías votantes. O al menos, tal situación es la ideal según algunos autores, como Karl Popper (The Open Society and it’s Enemies [1963]) o John Stuart Mill (On liberty [1859]).

[5] De lo contrario sus derechos privados podrían ser violentados por los derechos privados de otros. No obstante, podría afirmarse que el gobernado otorga un deber al gobernante, a cambio de ello ofrece la disposición de sus libertades bajo ciertas medidas aclaradas en la Constitución.

[6] Dícese de los contratos entre dos o más individuos. Bobbio ([1985] 2006) hace referencia a la misma como una “relación entre iguales” pues es entre individuos, pese a las diferencias económicas que pueden existir, es un contrato entre personas con los mismos derechos, una relación “horizontal”. Sin embargo, la esfera pública es una relación entre desiguales, “vertical”, pues existe cierta jerarquía entre gobernante-gobernado.

[7] En la política de E.E.U.U. y democracias modernas en general, estos casos se mantienen bajo restricciones, con la garantía legal de la futura publicación de los expedientes en un período de tiempo determinado.

[8] En el sentido de que la Mentira Noble de Platón busca el bien de los pueblos. La idea de la Mentira de Maquiavelo está muy asociada a la permanencia del príncipe en el poder.

[9] Resulta en una forma de justificar los secretos y mentiras únicamente porque un porcentaje mayoritario de la población está de acuerdo con las mismas. Es una forma legal, aparentemente legítima, de eliminar los derechos de participación pública que deberían ser defendidos por la democracia. Ataca la participación y la opinión pública crítica que son los puntos que el Estado democrático liberal defiende. Estas son formas legales de antidemocracia dentro de la misma democracia y no deben ser toleradas.

6 de julio de 2009

El Energúmeno Social Demócrata



El energúmeno social-demócrata

Lo vemos a diario en las editoriales de Tal Cual, rodeándose ante un humilde podio los domingos cuando Globovisión se apiada de los partidos venezolanos y les dedica sus quince minutos de cámara, lo vemos en los estudios de TVE discutiendo sobre las bondades del infanticidio y el terrible daño moral que genera la falta de control sobre las actividades del mercado financiero; y últimamente lo observamos con frecuencia en la Casa Blanca, como si de un re-make de Road To Serfdom se tratáse.

Este personajillo, ahora mas acomplejado que nunca ante la aplastante victoria conservadora en Europa, parece estancado en la neblina cientista de los años 40, 50 y 60 del siglo pasado, todavía añora la planificación económica en su firme creencia de la existencia de una estética exógena a la voluntad humana. Tras más de 160 años de enunciada la teoría subjetiva del valor, nuestro miope amiguito todavía no la asume, aún cuando utilice métodos teóricos absolutamente fundamentos en ella (aunque claro, convertidos en un acto de fe gracias a Hicks), no comprende las implicaciones últimas de este descubrimiento económico. Aún cuando tratan de desligarse de Marx, cada vez más tras la caída del Muro de Berlín, tienen algo en común con él: En su fuero interno, consideran las valoraciones humanas fundamentadas en algún parámetro externo capaz de ser descubierto, o directamente presumiendo el conocimiento de éste en sus acciones y propuestas. ¿Qué otra razón podría haber cuando deciden rescatar una determinada industria de la quiebra, o proteger a otra ante la competencia “desleal” según sea el caso y contexto? ¿O cuando se niegan a establecer límites claros y de aplicación efectiva para la oferta monetaria que el Estado monopoliza? ¿Y cuando reaccionan como si uno fuese un despiadado psicópata ante la propuesta de privatizar la educación básica, incluso manteniendo la gratituidad a través de bauchers educativos?

No es que yo sea imbécil e ignore los intereses que presionan estas posturas políticas de parte de nuestros enanos izquierdistas, sólo deseo desnudar la justificación intelectual que reviste sus posturas.

El reconocimiento de la voluntad humana como un absoluto y de la estética, ética y moral como hijas de ésta, nos llevan de manera irremediable a considerar el acto de cambio como un hecho completo, en torno a este acto se generan equivalencias, que al unirse con aquellas tomadas por el resto de los actos de cambio para esos bienes considerados, forman lo que conocemos como precios de mercado. Suelen argüir nuestros zurdos cruzados que el mercado “perfecto” no existe en realidad por la rigurosidad de sus supuestos, y que ante ello, ante el poder ostentado por monopolios y oligopolios en los diversos actos de cambio resulta necesaria la intervención estatal para impedir “abusos” y conductas que “elevan los precios” por encima del nivel “adecuado” o de aquel que tendrían en “competencia perfecta”. Basta decir que en ningún momento he considerado como supuestos la atomicidad, la información perfecta, la perfecta movilidad de factores para considerar un hecho de cambio como el fruto de la subjetividad humana.

Es evidente que, con independencia del modelo de mercado, la función de demanda sigue construyéndose en torno las preferencias subjetivas y a la optimización de la satisfacción humana; lo que varía es como se percibe dicha función de parte de los oferentes; ésta variación cuando no es generada por leyes y regulaciones (regularmente impulsadas por nuestros amiguitos), es producto de situaciones “naturales” generadas por altos requerimientos de capital que engendran mercados con un número de oferentes lo considerablemente pequeño como para que éstos se percaten de su influencia sobre los precios y de que no pueden producir tanto como les plazca y seguir optimizando beneficios. Cualquier regulación del Estado destinada a obligar a los productores a situarse por debajo de ese punto, no solo constituye un acto de coacción y violación de libertades hacia seres humanos, sino también obliga un comportamiento irracional de parte de los productores en tanto estos no percibirían el costo de oportunidad totalmente y se habrán embarcado en una inversión no satisfactoria. ¿Qué origina ese costo de oportunidad? Las expectativas de rendimientos de los oferentes, y es en definitiva el motor de la empresa privada, es la valoración que una sociedad a una determinada actividad y que quienes se encargan de llevarla a cabo intuyen. Si el Estado la modifica haciéndola artificialmente mas baja, provocando una dislocación de recursos hacia otras actividades en tanto; habrá atentado contra las decisiones de la sociedad e impuesto el criterio de un grupo de burócratas por medio de un acto de fuerza. Si esto les recuerda a los fraudes electorales propios de dictadores, tan odiados por nuestros enanitos izquierdistas, solo que trasladado a la esfera económica, es pura coincidencia.

Otro argumento, generado por éste desconocimiento de parte de aquellos risíbles enanos, es el de la “desigualdad” como un hecho terrible y contra el cual merece la pena apuntar las baterías de la intervención. Basándonos en la naturaleza subjetiva de las valoraciones de mercado, queda demostrada como la distribución del ingreso, de los recursos a los diferentes conglomerados sociales es un fruto de aquellas, y por tanto cualquier política desarrollada por el gobierno, cuente o no éste con legitimidad electoral, es contrario a las decisiones individuales expresadas y por tanto es un atentado contra la sociedad. Los individuos engendran desigualdad en tanto sus preferencias y necesidades son desiguales, así como las capacidades de los productores lo son.

Ante todo, es increíble como siendo su anatema el moralismo conservador (que no pretende defender este artículo) los izquierdista rosados sufran de ese mismo grado de prepotencia ética y estética, pretendiendo imponer desde sus lujosos sillones de gobierno el dictamen de sus necesidades sobre el mercado, sobre la sociedad.

Jean-PaulMarat”. 7 de julio de 2009.